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Hay formas y formas de plantear una comida. Sobre todo cuando realmente te interesa quedar bien.  La primera posiblemente sea hacerte la picha un lío, intentando cocinar recetas que no has hecho en tu vida, pero que al cocinero o al bloggero de turno le lucieron terriblemente bien, al lado de la barra de pan cortada a "estronche", una cuchara cuidadosamente decolorada y envejecida por el séquito de Amancio Ortega y, una servilleta, hecha con retales de una camisa Hipster. La segunda opción, mucho más sensata, sería perpetrar una de tus recetas estrella - o al menos una que te guste a ti y con la que te sientas cómodo-, pero gastándote los cuartos en producto. 

Con dejarte dinero no me refiero a ponerle cabracho de verdad - y no palitos de falso cangrejo- al pastel de cabracho, porque eso ya es una batalla perdida, pero sí a comprar una lubina salvaje, unos langostinos que no sean de piscifactoría, un calamar de potera o, en definitiva, cualquier especie que no pueda encontrarse en la pescadería de un supermercado.

Sirva esta especialidad parroquial simple a más no poder, para inaugurar oficialmente la sección #MarcaEspaña en el blog y, a su vez, para alegraros la comida - junto con media barra de pan- de los días lluviosos que están por venir. 










Huevo frito con calamar de potera en su tinta ( o viceversa)



Ingredientes para 4 personas humanas:

8 huevos de los de verdad ( ahora creo que los llaman camperos).
1 kg de calamar de potera.
3 cebollas moradas.
2 pimientos verde.
3 dientes de ajo.
4 cucharadas de aceite de oliva virgen extra.
3 cucharadas de salsa de tomate casera.
1 cayena ( al gusto).
Las tintas de los calamares ( estos si tienen).
Caldo de pescado ( opcional).
Un chorrito de armagnac. ( o whisky, o ron... o a tu cuñao el borracho)


Picamos el ajo y lo cocinamos a fuego muy bajo con el aceite de oliva virgen extra.
Añadimos la cebolla, el pimiento verde en el formato que más os guste ( a mayor grosor, mayor tiempo de pochado) y el picante.
Salamos y dejados cocinando unos 30-45 minutos a fuego suave, hasta que obtengamos una textura similar a la mermelada. 
Como durante ese tiempo le irá faltando líquido, podemos ir añadiéndole de vez en cuando un par de cucharadas de caldo de pescado.
Una vez lo tengamos, añadimos el tomate frito casero y las tintas. Subimos el fuego y dejamos reducir rápidamente.
Mientras todo esto sucede, habremos limpiado y troceado el calamar, procurando que el agua del grifo lo haya tocado lo mínimo posible.







Cuando el sofrito esté a punto, salteamos en otra sartén el calamar de potera en tandas pequeñas, durante un minuto y lo añadimos a la cazuela donde tengamos el sofrito.
Para aprovechar los jugos del calamar, que se han quedado adheridos en la sartén, añadimos un chorrito de armagnac, desglasamos y lo añadimos de nuevo a la cazuela.
Dejamos cocinar hasta el calamar esté tierno, pero tierno de verdad. Hasta que sea pura mantequilla y corras el riesgo de morderte la lengua al masticar. Necesitaremos para ello un pelín de caldo de pescado, pero muy poco, porque la humedad del calamar irá mojando el conjunto. Así qué poco a poco amigos.
Si sois de los que os ponéis cachondos con los guisotes bien asentados, esperáis a que se enfríe y lo dejáis en la nevera hasta el día siguiente.

Cuando los invitados lleguen a casa, lo colocamos en un cazo - nada de microondas - y lo calentamos a fuego muy bajo.
Mientras tanto ponemos un buen aceite de oliva virgen extra a calentar y allí hacemos unos huevos fritos de los de manual, con más puntillas que una casa de pueblo.









Acompañarlo con patatas fritas sería demasiado pecado. Vuestro médico no lo permitirá. 


Amén


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